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Introducción

Hay momentos en que el cuerpo habla más alto que cualquier pantalla. Más alto que cualquier notificación. Más alto que el ruido constante de una vida hiperconectada que, paradójicamente, nos desconecta de todo lo esencial.

Un mediterráneo de azul profundo. El silencio casi físico de un pueblo blanco encaramado a la costa alicantina. Y un profesional tecnológico que, sin saberlo, estaba a punto de enfrentarse al proceso más exigente de su carrera. No era un proyecto de software. No era una migración de servidores. Era él mismo. Su propio sistema colapsando y reconfigurándose desde cero.

Lo que encontrarás en estas páginas no es una postal de vacaciones. Es el relato honesto y sin filtros de lo que ocurre cuando alguien que vive pegado a la tecnología decide, por primera vez en años, desenchufarse de verdad. Las primeras horas de calma. La angustia inesperada que llegó después. Y la certeza de que reconectarse con uno mismo es, probablemente, el proceso más complejo que cualquier ser humano puede ejecutar.

Reconectando conmigo mismo desde Altea. 

Reconectando conmigo mismo desde Altea. 

Una vez me instalé en Altea , empecé a notar una serie de cambios prácticamente instantáneos tanto a nivel físico como mental.  
 
La sensación de total calma, silencio casi absoluto y la enorme Paz que transmitía el color de la Mar, me invadieron por completo. Tanto que Ana y yo decidimos no planear nada. Ni visitas, ni horarios, ni trabajo (puesto que ambos teníamos que dedicar una parte de nuestro tiempo libre a trabajar, ella en sus obligaciones laborales y yo del único servicio que anuncie a mis clientes por RRSS que dejaba activo que era el mantenimiento y administración de mis VPS para que estuvieran siempre funcionando y resolver alguna incidencia que pudiera surgir) simplemente dejar que fluyera todo tal y como decidiéramos sobre la marcha. Por supuesto siempre hablándolo todo entre los dos.  

Reconectando conmigo mismo desde Altea


El día a día sobre la marcha. 

Reconectando conmigo mismo desde Altea, andar, andar, andar

Después, comenzábamos a caminar recorriéndonos los primeros días el largo paseo Marítimo de Altea, algo desorientado al principio, ya que no recordaba con exactitud donde estaba situado el Pueblo que, al fin y al cabo, era donde mejores recuerdos tenía.  

Andábamos totalmente maravillados por la Mar que todo lo invadía y proporcionándome en especial a mí una gran calma y tranquilidad. El Azul de distintos colores era mejor que cualquier medicación. Eso y la carencia de ruido.
 Notamos también enseguida un cambio de actitud en la gente que se cruzaba con nosotros, normalmente jubilados ingleses o alemanes y franceses de tez morena curtida por el sol y unas caras de felicidad que, sinceramente, jamás vi desde hace años en Valencia Capital. Esa felicidad la despedían hacia nosotros impregnándonos de la misma.
Así que seguimos recorriendo de parte a parte el Paseo Marítimo de Altea. Desde la parte de la izquierda saliendo del hotel hasta el final muy distante llegando a Alfaz del Pi. Os dejo unas imágenes de ambos lados para que podáis situaros mejor en el entorno. 

Primeros síntomas del rencuentro conmigo mismo. 

Desde el primer día mientras desayunábamos, sobre las 13:00 notaba que una angustia profunda me invadía. Era una sensación extraña que no sabría explicar, pero me sentía molesto. 
 
Al principio no le di importancia, pero al ir repitiéndose cada día aproximadamente a la misma hora comencé a pensar que algo estaba pasando. Le comenté a Ana ya que ella se veía afectada puesto que yo necesitaba volver al hotel y acostarme quedándome dormido normalmente.  
 
Pensaba que, al reconectar, cambiar el entorno, los horarios, hábitos e incluso la comida todo el proceso de “desintoxicación” de mí mismo, todo el proceso se activaba mostrándome las primeras patologías . 
 
No era consciente aun del mogollón de emociones encontradas y cambios constantes, que iba a sentir en los próximos días. Seria mucho más duro de lo que pensaba.  
 
Al realizar un cambio tan brusco de hábitos no fui consciente de que cuerpo y mente se resentirían, llevándome de una felicidad total a una situación de extremo malestar, cansancio, angustia y una multitud de distintas sensaciones que, poco a poco, se adentraban en mi interior indicándome el largo camino que me quedaba por recorrer aún. 

Venciendo la reconexión.

Pero persistí, seguí adelante los dos primeros días repitiendo la “rutina» del desayuno sano, de andar para ir sacando toda la porquería que llevaba acumulando los últimos 5 / 10 años.  
Al final del segundo día remitió completamente la angustia, y la enorme cantidad de diversas sensaciones que se acumulaban en mi interior así que por la noche ya en la habitación del hotel le dije a Ana: Mañana nos vamos al pueblo de Altea, .  Estoy seguro de que te va a encantar.
 
Pero esto es ya otra historia que en el siguiente Post os contare.

Reconectando conmigo mismo desde Altea · Conclusiones

Lo que describe este artículo va mucho más allá de unas vacaciones. Es un experimento personal brutal y honesto. Alejarse del ruido digital, desconectar los servicios, entregar el control. El cuerpo y la mente responden con violencia ante ese vacío forzado. La angustia matutina no era debilidad. Era el sistema reiniciándose.

Lo inquietante es que ese malestar inicial lo reconocemos todos. Pero casi nadie persiste. Volvemos al teléfono, al correo, a la urgencia fabricada. La tecnología que supuestamente nos libera se convierte en la cadena más invisible y resistente. Altea aquí no es un destino. Es una metáfora de lo que ocurre cuando te niegas a ser esclavo de tu propia productividad. El azul del Mediterráneo como antídoto. El silencio como herramienta de diagnóstico. Son recursos que existen. Que no cuestan nada. Y que, sin embargo, casi nadie usa.

¿Cuánto tiempo llevas sin desconectarte de verdad, sin móvil, sin notificaciones, sin sentirte culpable por no producir, y qué excusa te estás poniendo ahora mismo para no hacerlo?

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